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TANGAROA, Un Relato de Surf X2 Libros

$900

Peso: 200 gr
Tamaño del paquete: 10x10x10

Descripción:

En Tangaroa, un relato de surf, el Mono parte en un surf trip en
busca de la próxima ola hacia Tahití con seis amigos, expectativas y cierta
trayectoria en un mar no tan potente como el swell del océano Pacífico. El
camino hacia el tubo se le hace cuesta arriba cuando se lesiona a causa de un
tremendo wipe out en la primera metida. Sus compañeros de viaje, la gente
local que va conociendo y un par de amores lo llevan a comparar la experiencia
del surf con las relaciones personales y valorar nuevos aspectos de la vida.
¿Cuánto puede cambiar una persona en una semana a bordo de un velero?
Tangaroa es una aventura envuelta en el misterio de los moais de la Isla de
Pascua y la hospitalidad polinésica. Y olas. Muchas olas.

Autor José Vedoya

 

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TANGAROA, Un Relato de Surf

Capítulo I
El surf y yo

Miraba mi reflejo en la pantalla de la computadora; entre mil mails, un par de textos y algún demo de publicidad. Pero yo me imaginaba surfando un tubo de cuatro metros, no estaba para crearle una campaña a nadie.
Había terminado la rehabilitación de mi hombro hacía un par de meses y no lo sentía del todo fortalecido, así que no tenía claro si podía surfar todavía por un par de meses más. De todas formas, necesitaba irme; eso sería lo mejor para todos: los picos de mi vida profesional habían sido siempre los lunes posteriores a un fin de semana en el mar. Ahí entendía con claridad.
Mientras pensaba en eso, rotaban en mi pantalla fotos de escapadas a las olas. A veces se sumaba algún amigo, a veces iba solo, y a veces se sumaba gente con la que yo había pasado días y ya no recordaba ni cómo las había conocido. En esos casos, disfrutaba mucho del viaje conversando cinco o seis horas cosas nuevas con alguien nuevo.

Una de las mejores surfadas la viví hace años en Peuquén, una mañana en que la marejada había aparecido sin anunciarse en los pronósticos de Internet. Desde el balcón del hostal, con mis amigos, podíamos ver que nadie había entrado aún al mar. Solo se veían líneas que se extendían rectas hacia ambos lados y llegaban desde el sur infinito. Yo imaginaba que se habían originado en las Islas Malvinas, ya que le dan su nombre a la corriente que las trae. Debido a la oleada, el agua estaba como suele suceder en las costas argentinas: marrón, parecía de chocolate líquido. Cuando no era simplemente un montón de agua, el mar podía ser lo que uno quisiera.
Ese día, las olas eran un llamado más fuerte que el sueño o el frío: saltamos todos de la cama. Unas frutas para meternos azúcar y un chocolate con maní para sumar calorías fueron suficientes para empezar a precalentar en la playa. Las olas tendrían casi dos metros de altura. Izquierdas y derechas. Nuestros ojos ya estaban surfando, iban de lado a lado sobre el mar y analizaban todo: por dónde entrar, dónde esperar la ola, para qué lado agarrarla, hasta dónde surfarla. Unos minutos más tarde nos apuramos al agua. No recuerdo bien quiénes me acompañaban; de ese día retengo los rostros de felicidad, pero no las caras ni los nombres.
Llegamos al line up —el lugar mágico— y esperamos. Al minuto llegó la primera ola; identifiqué su pico, el punto exacto por donde comenzaría a romper. La vi recorrer unos cien metros. Aguantaba, no rompía y crecía en altura a cada segundo; el viento de tierra contenía esa montaña de agua: hacia su izquierda tendría más recorrido.
Con apenas un par de brazadas pude sentir el empuje de la ola sobre la tabla. En un mismo tiempo, apoyé mis manos en el lomo, a la altura del pecho, centrado y con mis dedos hacia la izquierda, para donde quería agarrar la ola; empujé mi cuerpo hacia arriba, fijé mi pie derecho en la cola de la tabla y tiré mi pierna izquierda hacia adelante, para posarla cerca de mis manos. Una vez parado, solo necesitaba mirar hacia donde quería ir. Mi pecho seguiría mi mirada y la tabla seguiría mi pecho.
Coloqué la rodilla derecha hacia dentro. El pie quedó apoyado en la tabla casi sobre el dedo gordo, le sacó peso a la cola y aceleré; la nariz apuntó hacia abajo: apenas podía dominarla, pero eso no me impidió subir y bajar varias veces por la pared; cada detalle de la ola, cada nuevo movimiento, cada metro recorrido sobre el agua era más excitante que un romance de oficina.
Al llegar a la orilla, giré mi cabeza y busqué a mis amigos. Necesitaba compartir el éxtasis: nada podía compararse con la cara de un buen amigo que me hubiera visto corriendo una ola. A veces, me daba la impresión de que el otro estaba más feliz que yo cuando me la contaba, como si yo mismo no hubiera estado ahí. Pero los había dejado cien metros atrás. Tardé unos cinco minutos en remar de vuelta. Quería contarles sobre mi ola, pero otro pico apareció enseguida: di media vuelta y la remé. Y así seguí, sin parar. Solo la sed me hacía salir del mar cada dos o tres olas para robar mates de quienes desayunaban en la playa. No paraba de surfar, remar de vuelta, surfar, remar de vuelta, surfar…
Unas dos horas después, la marejada simplemente cesó. En apenas diez minutos, las olas pasaron de dos metros de alto al vaivén de las ondas que rebotan en la pared de una pileta. No había viento siquiera. “Se planchó”, dije para anunciar oficialmente lo obvio. Sin pena y lleno de olas, di por terminada la surfada y me dejé derivar hasta la orilla.

En cambio, ese día estaba clavado en la oficina y hacía lo que más se parecía a surfar: recordar olas. Otros Peuquén classic los disfruté yo solo, o con Zekko, o con todos mis amigos, o con los dueños del hostal al que iba siempre, o con otras gentes locales. Mar generoso: cuando hay olas, en ese point suele alcanzar para todos. Pero, aun así, nunca había podido entubar.
Los regresos el domingo a la noche eran siempre mucho más silenciosos, por el cansancio o porque estábamos todos procesando lo vivido. Con algo de suerte, esa serenidad se extendía un par de días y yo seguía emanándola por los pasillos de mi oficina, donde mis colegas me veían quemado por el sol aún en otoño y escondiendo poco su envidia me decían: “Qué lindo colorcito, eh”. Entonces, yo frenaba y los miraba pensando preguntame el secreto y te lo cuento Pero nunca preguntaban. Yo asentía con la cabeza y seguía mi camino. Las boludeces no me jodían y ponía mi foco en ser creativo.
Y esto pasó cada dos o tres semanas, a lo largo de todo el año, durante los siete años que trabajé en esa agencia. ¿Cuál podría haber sido el sentido último de ir a ese trabajo cada día si no el de cobrar a fin de mes para seguir escapándome al mar y conseguir un buen bono a fin de año para realizar algún surf trip a Costa Rica —donde podría pegar un tubo—?
Justo cuando pensaba que no aguantaba más y estaba por renunciar, llegaba el viaje; entonces me desconectaba de todo por quince o veinte días y volvía con ganas de hacer cosas novedosas y desafiantes. A mi trabajo le llevaba casi doce meses drenarme esa pasión y regresarme al momento cero nuevamente.
Ese año, para variar, o porque Costa Rica ya no era novedad, mis amigos y yo decidimos viajar un poco más lejos, a Tahití. Si quería entubar, ese era uno de los mejores lugares del mundo para lograrlo. Ya estaba lejos de ser un cornalito, pero tampoco estaba a la altura de una ola de arrecife en el Pacífico; aun así, lo exótico del viaje resultaba muy atractivo. Luego de algunas averiguaciones, vimos que lo más práctico era salir un domingo y hacer conexiones en Santiago de Chile y en Isla de Pascua para llegar a destino final el lunes por la mañana. Eran 24 horas de viaje continuado.
Pero teníamos una segunda opción: salir el viernes y pasar dos días en Isla de Pascua. A mí esa posibilidad me resultaba fascinante, pero increíblemente la mayoría de mis compañeros de viaje optó por ir directo a Tahití. “No… Mi mujer me mata” o “Es mucho tiempo”. Ante la duda, yo solía pensar cómo lo sentiría a mi regreso. Podría recuperar dos días de trabajo o de asado en familia cuando fuere. Difícilmente fuera a tener otra oportunidad de ir a surfar con amigos a Isla de Pascua.
—A mí resérvenme para salir el viernes y los espero el domingo en Isla de Pascua, bronceado, y cuando lleguen les cuento cómo son las olas locales —puse en el chat.
Como yo estaba soltero, no tenía que consultarle a nadie; además, había ahorrado lo suficiente. A pesar de las dudas que me generaba mi hombro, era mi mejor oportunidad para pegar un tubo. Al cabo de unos minutos, pasó lo esperado:
—Bueno, a mí también.
—Y a mí.
—¡Yo también, por favor!
Y así cayeron de a uno.
Resuelto esto, compramos los pasajes y puse en pausa todas las campañas que estaba produciendo. Ya no había marcha atrás.

* sujeto a stock


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